El Toro-1985

Y la reina dió a luz un hijo que se llamó Asterión

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El Minotauro, mitad hombre, mitad toro, enloquecido por el hambre y las tristeza. Para mí, su figura nos propone otra lectura de la bestialidad. Revertir el mito. Una mirada amorosa sobre la monstruosidad y la otredad. Es el monstruo solitario y vulnerable, distinto de todos. El centro del laberinto que lo encierra y cuyos confines lleva consigo.
Él no es quién creemos que es.

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“No habrá nunca una puerta. Estás adentro. Y el alcázar abarca el universo. Y no tiene anverso ni reverso. Ni externo muro ni secreto centro. No esperes que el rigor de tu camino, que tercamente se bifurca en otro, tendrá fin. Es de hierro tu destino como tu juez. No aguardes la embestida del toro que es un hombre y cuya extraña forma plural da horror a la maraña de interminable piedra entretejida. No existe. Nada esperes. Ni siquiera en el negro crepúsculo la fiera.” Jorge Luis Borges

El toro o búfalo nace maduro y a menudo sabio. Dice la tradición china que nació de la esencia de un pino muy antiguo . Es yin que parece levantarse de la tierra más húmeda de los campos. Signo de la longevidad: Lao-Tse en sus viajes a las montañas montó un búfalo en la búsqueda de la inmortalidad. El búfalo que trasciende puede vivir por miles de años. En todas las culturas, ocupa un lugar de honor: en La Divina Comedia de Dante encontramos el Minotauro custodiando los círculos del infierno o debajo de la máscara del toro de Júpiter, cuando seduce y secuestra a Europa.

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“Brama -escribió Ovidio en su Metamorfois- y pasea su hermosa figura por la tierna hierba: su color es el de la nieve cuando ningún pie la ha pisado, cuando no se ha humedecido por el viento del sur. Sus cuernos son tan chicos, que uno podría pensar que fueron esculpidos por un artesano, y reflejan el brillo del agua pura. Sus cejas no advierten ningún peligro, tampoco sus ojos. Su cara mantiene una expresión de paz. La hija de Agenor se maravilló a la vista de esta bestia tan fuerte y hermosa cuyo aspecto era tan remoto de aquel combativo. Sin embargo, a pesar de tal gentil apariencia, tuvo miedo al tocarlo. Luego, le arrimó a la boca unas flores de lo más puras. Su amante, sorprendido con júbilo y esperando el placer que lo aguardaba, le cubrió la mano de besos. Ahora, era difícil dejar e resto para después. Por un momento jugueteé entre las hierbas, por otro reclinó su costado blanco nieve en las doradas arenas. La princesa, desconociendo que en realidad un Dios que la estaba llevando, se sentó en la espalda de éste. Y siguió más lejos y más lejos, llevando su presa hacia el mar abierto…”

La duda es, ¿quién tomó el lugar del otro?
¿Fue Júpiter quien se disfrazó de toro, o el toro que se disfrazó de Júpiter?

El toro juega con nosotros conduciéndonos por extraños laberintos. Esta necesidad por la soledad y su búsqueda son la razón de su identidad.

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