La caricia

La caricia ante alguien que uno ama (una pareja, un hijo, un animal) en la caricia no hay una deseo de sometimiento, ni de apropiación del otro. La distancia de la caricia es una distancia muy extraña, ¿no?. No es el abrazo al otro, ni siquiera la sexualidad donde el otro es de algún modo comprendido por uno.
En la caricia se genera una distancia y esa distancia es la que suma, la que hace que la caricia sea una caricia, porque no hay apropiación. La caricia incluso no supone nada previo, porque no sé que estoy acariciando, estoy como buscando, descubriendo que tiene el otro de diferente. No supone racionalización, supone un encuentro, un contacto y sobretodo un reconocimiento. Aprendo del otro en ese mero acto en que lo estoy acariciando.

Reflexión del texto original de Levinas, uno de mis filósofos preferidos:

La caricia, según Emmanuel Levinas

“Lo acariciado no es tocado, hablando con propiedad. No es lo aterciopelado ni la tibieza de esa mano dada en el contacto lo que la caricia busca. Es esa búsqueda de la caricia lo que constituye su esencia, por el hecho de que la caricia no sabe lo que busca. Este no-saber, este desarreglo fundamental es lo esencial en ella. Es como un juego con algo que se sustrae, y un juego absolutamente sin proyecto ni plan, no con lo que puede llegar a ser nuestro y nosotros, sino con algo otro, siempre otro, siempre inaccesible, siempre por venir. Y la caricia es la espera de ese porvenir puro sin contenido.”
Emmanuel Levinas (cita extraida de Totalidad e Infinito)